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La presencialidad en escena: ¿una cuestión de clase?

Agustín M. Rosón

La derecha conscientemente elige construir su oposición al gobierno utilizando la educación como arena de batalla. Educación que desprecian, educación que ajustan, educación pública en la que para ellos es un destino fatídico caer. Entonces, ¿Qué hay detrás de esa construcción de sentido?


El tema de la presencialidad escolar se puso en la agenda como una batalla política desde comienzo del año. El gobierno del alcalde macrista Horacio Rodríguez Larreta se ha posicionado en la bandera de la presencialidad y la “vuelta a clases” temprana, tratando de contentar a los “halcones” de Juntos por el Cambio y a la idiosincrasia derechista que existe en varias capas de la sociedad, sobre todo en las altas y medias.

La derecha conscientemente elige construir su oposición al gobierno utilizando la educación como arena de batalla. La misma educación que desprecian, educación que ajustan, educación pública en la que para ellos es un destino fatídico caer. Entonces, ¿qué hay detrás de esa construcción de sentido?

Queremos señalar algunos puntos a poner en claro. Primero, se trata de una disputa política de la derecha, con el objetivo de seguir erosionando al gobierno del Frente de Todos. Segundo, hay una cuestión clasista, en la cual las escuelas privadas elitistas y su base social antiperonista, racista y rancia están desafiando la gobernabilidad y formando parte activa de la oposición de Juntos por el Cambio. En tercer lugar, la derecha está aprovechando la situación para instalar nuevamente el viejo sueño patronal de convertir a la educación en “esencial”, tratando de romper con la realidad de que es un derecho. Y, por último, si se quiere, la derecha también apunta a los gremios y desde ya que los tiene en la mira para tratar de doblegarlos.

Hay una dicotomía central que salta a la vista: el de la escuela pública y la escuela privada. Las protestas contra el presidente Alberto Fernández en CABA y en algunos distritos de la provincia de Buenos Aires están siendo alentadas por ONGs y escuelas muy elitistas, con nombres foráneos, asociadas a las clases dominantes y acomodadas, que se erigen como campeonas de la educación en el país, y con mucha ayuda, claro está, de los medios desinformantes de comunicación de la derecha gorila.

La “rebeldía” blanca de los elitismos de las escuelas privadas se ha convertido en otra herramienta de desestabilización. Con el pedido de una presencialidad a toda costa, asestando golpes muy bajos, alentando marchas con niñas y niños enarbolando banderas argentinas y vestidos con sus uniformes de High School. ¡Vaya lucha de clases se está dando en el país (o mejor dicho, en CABA y la Provincia de Buenos Aires)!

Está más que claro que la docencia anhela volver a la presencialidad, no hay punto de comparación entre el trabajo pedagógico en el aula y la virtualidad. No hay dudas de ello. Pero hoy, el problema es sanitario. No queda más margen. Está todo al borde del colapso. La docencia organizada siempre supo el lugar de su responsabilidad: cuidar la salud de la comunidad educativa en cada lugar y establecer los lazos más cercanos posibles en la modalidad virtual.

Ante la grave situación que estamos atravesando, lo que se repudia es el uso político por parte de Juntos por el Cambio y de los sectores opositores tradicionales de la sociedad civil que alientan la desestabilización. Pero las protestas de las escuelas privadas elitistas de CABA y la provincia de Buenos Aires son otra muestra clara de una grieta de clase, objetiva y existente en el país.  Estas protestas buscan legitimar a un sector minoritario pero que disputa el sentido de la educación desde hace años. Para ser más claros, es el sector político-social de la educción para el mercado que levanta la bandera de la escuela privada y la meritocracia. Es el proyecto neoliberal en educación.

Esos sectores elitistas se suman porque, además ven en Juntos por el Cambio la materialización permanente de sus objetivos en el país. Cuentan con los medios hegemónicos, con la corporación judicial y una idiosincrasia de clase media agresiva y hasta xenófoba. La fragmentación del sistema educativo deja margen para que clases altas puedan tener estas “dosis” de autonomía que coexisten sin contacto con el resto de la sociedad. Así vemos escuelas privadas de la elite, donde para ingresar no solo hace falta pagar la cuota, sino poseer un status social de clase. Para los ricos la “autonomía”, “lo particular”, “lo privado”; para los pobres lo “común”, “lo de todos”, “lo público”. Cuando en la pandemia, se ven obligados a ser parte de esa comunidad, a acatar las reglas como todos, les produce un efecto asfixia que los vuelve violentos y fascistoides. No conciben la igualdad como posibilidad política, ética, ni moral; la libertad la entienden como la posibilidad de hacer lo que quieran, incluso para romper con lo público, con lo que es “del común”. Les da vergüenza caer en la escuela pública.

Es preocupante la proliferación de discursos racistas, elitistas y xenófobos que emanan de estos grupos, e incluso a veces logran imponerse en la opinión de sectores medios a través de los medios de comunicación y las redes sociales. Son una coexistencia peligrosa para una visión democrática de la educación y de la sociedad toda. Son el proyecto antagónico de una educación pública y popular.

Como en tantas otras esferas, la pandemia revela las contradicciones de una sociedad, en permanente disputa histórica, que lucha por la justicia social, pero que ha tenido en la historia reciente duros golpes que minan el proceso político y la acumulación de poder popular para lograr transformaciones reales.

La clase trabajadora, la clase popular, o el pueblo acatan aún con incertidumbre y hasta con angustia las restricciones que se plantean para resguardar la salud ante esta terrible segunda ola de contagios. Estas son las mayorías que deben encarnar el proyecto político del Frente de Todos. Mirarse en el espejo de la oposición gorila solo traerá tristes naufragios.

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