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«Desde la periferia al centro de los temas

La holandesa errante

 Por Alejo Brignole


El capitalismo deshumanizado se perpetúa casi siempre en los razonamientos colectivos igualmente enajenados desde una perspectiva humanista.

Hace ya tiempo estaba yo en la ciudad de Antigua, en Guatemala, viendo la realidad social de ese país diezmado por las multinacionales fruteras estadounidenses y los golpes de Estado que propiciaron genocidios indígenas en su historia reciente.



Una tarde conocí a una chica holandesa que era geóloga y estaba de paseo por Centroamérica, poco antes de incorporarse a una plataforma petrolífera en el Mar del Norte, según ella misma me contó. Le pregunté sobre la empresa en la que trabajaba y me dijo que era la British Petroleum Oil Company (BP).


Casualmente la BP era una de las principales promotoras y beneficiarias de la guerra que Estados Unidos y Gran Bretaña, junto a otros aliados menores, libraban contra Irak y Afganistán. Corría el año 2005 y ya por entonces las víctimas civiles iraquíes se contaban en cientos de miles. También mujeres y niños. Cinco años más tarde serían cerca de un millón los muertos.


En el transcurso de nuestra charla se me ocurrió preguntarle si no le importaba trabajar para una empresa que era responsable directa de una guerra injusta e ilegal (algo que ya era tema de debate en los medios de todo el mundo). Sin embargo, la respuesta de esta joven fue sencillamente encogerse de hombros y decirme que ella solo era una simple geóloga encargada de analizar las prospecciones.




Entonces amplié mi pregunta: ¿Y si en vez de estar en el Mar del Norte te hubiesen destinado a Medio Oriente? ¿Y si tu trabajo fuese analizar las prospecciones petroleras en los pozos iraquíes, custodiada por ejércitos mercenarios, mientras aviones de combate atacan pueblos y aldeas para que pudieras hacer tu trabajo sin interrupciones?


Ella me contestó que su labor hubiese sido la misma, solo cambiaba su situación geográfica y el peligro añadido de una guerra cercana. Me contó que, en efecto, algunos geólogos compañeros de ella ya estaban trabajando en Irak y que recibían una paga realmente atractiva por estar allí.


Luego cambiamos de tema, pues advertí que para esta joven holandesa no existía conexión causal entre su labor técnica y los episodios de muerte y destrucción que significaron esas dos guerras injustificadas, cuando ambos aspectos (geólogos y soldados) formaban parte de un mismo mecanismo de muerte destinado al mismo fin. Los dos estaban al servicio de una guerra expansiva que era responsable de un genocidio programado para satisfacer intereses petroleros y geoestratégicos.


Abandoné resignado esa parte del diálogo cuando advertí el nivel de disociación moral que esta geóloga mostraba y que era, cuando menos, llamativo. De todos modos, era evidente para mí que la escisión ética que afectaba su análisis de la realidad le facilitaba abordar ciertas acciones eludiendo toda reflexión causal, dejando así fuera de juego cualquier implicación humanista y solidaria. Mecanismo que ya fue expuesto magistralmente por el filósofo alemán Herbert Marcuse en su libro de 1964 El Hombre Unidimensional. Marcuse nos cuenta que en ello consiste, precisamente, la crisis del mundo moderno. En desviar la mirada.


Esta escisión mecanicista entre el sistema opresor de la sociedad tecnificada y lo que Herbert Marcuse denomina el Geist,[1] el alma del cuerpo social, fue perfectamente descrita en su obra, en donde señala una imposibilidad cuasi absoluta de mantenerse fuera de ciertos esquemas prefijados por un sistema que es dominante y que deshumaniza la visión objetiva de la realidad, erradicando todo impulso solidario. En el prefacio a la edición francesa de 1967 de esta obra, Marcuse nos dice:


 “Es esta solidaridad la que ha sido quebrada por la productividad integradora del capitalismo y por el poder absoluto de su máquina de propaganda, de publicidad y administración. Es preciso despertar y organizar la solidaridad en tanto que necesidad biológica de mantenerse unidos contra la brutalidad y la explotación inhumanas. Esta es la tarea. Comienza con la educación de la conciencia, el saber, la observación y el sentimiento que aprehende lo que sucede: el crimen contra la humanidad.”


Y aunque Marcuse, cuando menciona al “crimen contra la humanidad” (tengamos en cuenta que el prefacio es de 1967) se estaba refiriendo, entre otras cosas, a la Guerra de Vietnam, que era el conflicto cuestionado por entonces, sus palabras resultan de una actualidad abrumadora por simple analogía. Lo que sucede hoy con las guerras preventivas y el atropello militarista que vive el mundo del siglo XXI, no son más que extensiones aumentadas de aquellos retrocesos que señalaba el filósofo, que más adelante agrega: “Una vez más, la enajenación de la totalidad absorbe las enajenaciones particulares y convierte a los crímenes contra la humanidad en una empresa racional.”


La geóloga holandesa resultaba, por tanto, apenas una expresión sintomática del problema planteado por Marcuse.


En efecto, la sociedad actual se halla en una suerte de esquizofrenia moral mediante la cual se reprimen las relaciones causales de nuestros actos, hasta el punto de negar la realidad circundante, o atisbarla desde otros encuadres menos comprometedores. En el caso de esta profesional holandesa, la guerra de Irak significaba, apenas, la oportunidad de ganar un plus en su salario debido al riesgo bélico. Lejos estaban otras consideraciones humanistas respecto de su trabajo y los escenarios sangrientos que su función asistía.



La ciudad de Antigua, en Guatemala, destruida por un terremoto en 1773. Fue abandonada como capital y en 1776 se fundó en un nuevo emplazamiento la actual Guatemala, hoy capital el país.

Cuando nos despedimos en las hermosas calles de la ciudad de Antigua, muchos de mis pensamientos posteriores quedaron anclados en la perspectiva personal de esta geóloga, que no había cumplido aún los treinta años. Su cinismo para abordar la situación me pareció de una decadencia senil, impropia de una joven que además viajaba. Es decir, con posibilidades de evaluar el mundo en todos sus matices, desigualdades y contrastes.


Seguí pensando en ella, pues la problemática que emergía de la cuestión trascendía su mero enfoque personal. El verdadero problema que desplegaba este caso era la ausencia de nichos genuinamente morales en donde poder desempeñarse como fuerza de trabajo inserta en este sistema. La concentración oligopólica que da forma a los mercados, y cómo los mercados se rigen bajo premisas corruptas, deshumanizadas y esencialmente criminales, hace que sea muy difícil insertarse laboralmente sin ser parte cómplice de estos esquemas necrófilos.


Si el hombre moderno desea resguardar principios de responsabilidad social o de sentido crítico hacia eventos contrarios a un humanismo, la consecuencia más inmediata será su incapacidad de integrarse al sistema laboral. Deberá, pues, abandonar todo juicio solidario para poder ser incluido en el sistema. Sistema que, oportunamente, le aplicará al propio individuo esta pauta deshumanizada que él mismo ayudó a perpetuar para lograr no ser marginado.


Me vino entonces a la mente el caso de Edward Snowden, el informático de la NSA que en junio del 2013 hizo públicos los protocolos de vigilancia global que aplica el gobierno de Estados Unidos.


Snowden no eludió su reflexión moral, actuó de acuerdo a sus conclusiones y asumió las consecuencias nefastas de su elección. Se hizo solidario con la sociedad humana y se humanizó así a él mismo, pero debió aceptar el precio de la persecución y la marginación que el sistema despliega en estos casos.


Es en estos lodos en donde el hombre moderno debe desenvolverse o perecer, pues quedarse fuera de este sistema implica carecer de los medios que el sistema exige para vivir en él. Es entonces en donde se racionalizan las contradicciones, se relegan a nichos inconducentes de la conciencia o se relativizan éticamente para evitar sus malestares. Eso significa que el sistema, para poder perpetuarse, necesita que nos convirtamos en cómplices pensando solamente en nuestro estricto bienestar y beneficio. Ello implica que optemos por afilar esa misma daga que algún día nos cortará el cuello.


Por fortuna los pueblos de América Latina son (y seguirán siendo) la potencia moral de un cambio global que tarde o temprano llegará. Los pueblos de Chile y Colombia nos lo recuerdan.


 


[1] Geist es un vocablo germano que según el contexto semántico puede aludir a la mente, al espíritu, o a una entidad fantasma. Correspondería al griego pneuma, o al vocablo latino animus (alma). En la filosofía hegeliana (Georg Friedrich Hegel, Alemania, 1770-1831), el concepto del weltgeist (espíritu del mundo) es un eje central en la su filosofía. Para abordar el concepto del Weltgeist, véase su obra de 1807, Fenomenología del Espíritu (Phänomenologie des Geistes en alemán).

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